Desde entonces han sido cinco siglos de entrega y alabanza para gloria de Dios; cinco siglos manteniendo en alto el listón del carisma penitencial propio de nuestra Orden, siempre con el talante alegre, generoso y acogedor típico de los jerezanos.
Hoy seguimos aquí, fieles al mismo propósito con el que llegaron nuestras primeras hermanas: hacer de la vida entera una oración.